Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de Cultural Digital de la Generalitat de Catalunya. A continuación lo reproducímos íntegro:
«Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Esta cita de Arthur C. Clarke nunca había sonado tan literal como ahora. Mientras navegamos entre el enorme potencial de la IA en toda la actividad humana y las amenazas que plantea, resulta evidente que esta tecnología ha llegado para quedarse y para cambiar la forma en que trabajamos, también en la cultura, muy especialmente para quienes aspiran a llegar a más público en un teatro.
Arthur C. Clarke escribió que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Nunca esta frase (que recuerdo como lema del festival OFFF de hace unos años) había resultado tan literal. El impacto de la inteligencia artificial sobre toda la actividad humana será enorme. Nunca había sido tan fácil hacer cosas tan difíciles. Y de ello no podemos sino alegrarnos.
Al mismo tiempo, Europa nunca se había encontrado tan desprotegida ante una revolución industrial. Hemos pasado de ser protagonistas a convertirnos en las baterías de un Matrix que no controlamos. Mientras navegamos entre el enorme potencial de la IA en toda la actividad humana y las amenazas que plantea, es muy evidente que esta tecnología ha llegado para quedarse y para transformar la forma en que trabajamos, también en la cultura, especialmente para quienes aspiran a llegar a más público en un teatro.
De los datos a la personalización

Hace tiempo que los datos tienen impacto en el marketing cultural. Nos han ayudado a conocer y reconocer a la audiencia, a evaluar contenidos y a mejorar webs, correos electrónicos y anuncios. La inteligencia artificial (si queremos ser precisos, la minería de datos) ya llevaba años desempeñando un papel en este proceso: métodos estadísticos sofisticados capaces de exprimir al máximo una información acumulada, a menudo invisible al ojo humano.
Estos algoritmos encuentran señales dentro del ruido: patrones que ayudan a estimar la probabilidad de que un espectador regrese, su sensibilidad al precio o sus preferencias de contenido. Gracias a esta capa, hemos ido avanzando desde la segmentación hacia la personalización: modelos de recomendación, correos automatizados, campañas publicitarias con audiencias definidas por la plataforma, predicción de demanda y gestión de precios dinámicos.
Los modelos de lenguaje y el salto cualitativo

Con la irrupción del aprendizaje profundo y los grandes modelos de lenguaje, hemos añadido una nueva capacidad: dar sentido transversal a lo que antes eran resultados fragmentados. Sigue siendo matemática sofisticada, algoritmos que cuando se inventaron no despertaban demasiado interés, pero que, con la enorme potencia de cálculo y la ingente cantidad de datos actuales, han explotado y nos han demostrado el poder cognitivo que hay detrás del lenguaje.
En cierto modo, han cruzado la frontera entre números y letras; podríamos decir que donde los algoritmos encontraban patrones numéricos ahora también encuentran patrones «culturales».
A todos nos ha sorprendido la velocidad de esta evolución. En dos o tres años hemos pasado de pedir poemas a ChatGPT a generar contenidos en múltiples formatos cada vez más complejos. Hemos pasado de jugar con estas herramientas a utilizarlas como instrumentos de trabajo en el día a día.
La era de los agentes: cuando la máquina «hace cosas»

Ahora estamos entrando en la era de los agentes. Dispondremos de asistentes capaces de dar sentido a todo lo que tenemos a nuestro alcance (todos los datos, todo el conocimiento, todos los contenidos y toda la audiencia) y, a partir de ahí, actuar.
No estamos lejos de webs, correos o anuncios que expliquen una obra de teatro de manera distinta según quién los lea (por fin veremos más textos pensados para el público y menos textos crípticos con una mirada endogámica). Los contenidos comunicativos con los que un teatro se relaciona con su audiencia podrán ser decididos por máquinas: el quién, el qué, el cuándo y el cómo, a partir de todos los datos de consumo e interacción disponibles.
Tampoco estamos lejos de herramientas que nos alerten de forma proactiva y nos ayuden a tomar decisiones, ni del momento en que delegaremos ciertas decisiones en estas cajas negras.
Nos encaminamos hacia un mundo en el que la capacidad humana más valiosa será la curiosidad, la capacidad de formular la pregunta adecuada y la indicación —o prompt— que nos conduce a ella.
Cambios en los contenidos

Los cambios no se limitarán únicamente a la oficina. Estas máquinas son creativas y democratizan el acceso a recursos creativos de forma casi ilimitada. No dejará de acortarse la distancia entre los grandes estudios de Hollywood y una habitación con un portátil y una buena conexión a internet.
Las plataformas y las redes sociales ganarán aún más peso como epicentro del intercambio de contenidos, dentro de una cultura global que afrontará innumerables retos.
No es fácil estimar el potencial de esta tecnología. Tampoco lo es hacer de oráculo y anticipar cómo cambiará el rol del gestor cultural, del responsable de marketing o incluso del creador. Quizá hemos abusado de la palabra «disruptivo» y ahora nos quedaremos cortos para definir este nuevo paso de la revolución digital.
El teatro, un reducto de realidad física

El teatro, en cambio, siempre será presencial (la pandemia lo dejó muy claro). La presencialidad es un factor diferencial que le da valor: un refugio de experiencia directa, irrepetible y viva.
Seguirán siendo necesarias obras que interpelen al público, historias que actúen como brújula o como marco de reflexión y expresión de las inquietudes de cada momento. ¿Qué preocupará a unos nativos de la IA que interactúan con robots y crecen en una sociedad que cada vez los necesita menos? ¿Serán los escenarios teatrales espacios de resistencia frente a una oligarquía tecnocrática? ¿Serán necesarias más historias para dar servicio a una ciudadanía más ociosa?
Las artes en vivo tienen un futuro prometedor precisamente porque lo que ofrecen queda fuera del alcance de la digitalización. Pero ser conscientes de esta fortaleza no nos exime de la realidad: la gestión será cada vez más tecnológica; la competencia por la atención ya es feroz. Hay que dominar las herramientas, entender los datos y, sobre todo, seguir contando buenas historias.
Hagamos valer la cultura cercana y de proximidad, las experiencias compartidas que ningún algoritmo podrá replicar. Y no dejemos cap butaca buida
Notas
(1) Algunas referencias para reflexionar sobre el potencial y los riesgos de la IA: Geoffrey Hinton (premio Nobel de Física 2024) advirtió sobre sus peligros en su discurso de aceptación; también el artículo viral de Matt Summer (“Something big is happening”), el ensayo Machines of Loving Grace de Dario Amodei o el debate en el World Economic Forum con Demis Hassabis.
(2) Para una explicación divulgativa sobre cómo funcionan estos algoritmos, destaca una conferencia de más de 3 horas de Andrej Karpathy.
(3) Para explorar el impacto en el ámbito cultural, es interesante seguir a Pep Martorell (ex Barcelona Supercomputing Center) en su participación en el podcast de IA de Jon Hernández.
Nota: para la preparación de este texto he utilizado la IA, Claude 4.6 d’Anthropic, para ser más exactos. La ayuda ha estado limitada a aspectos ortográficos y gramaticales. Si echais de menos ideas o si detectáis ideas equivocadas, es todo culpa mía. Si la lectura es fluída es, en parte, gracias al modelo.


