Artículo elaborado a partir del debate celebrado el 25 de marzo en el Cercle de cultura, con motivo de la presentación del libro Públicos y algoritmos de Jaume Colomer.
El pasado 25 de marzo, al amparo del Cercle de cultura y con motivo de la presentación del libro Públicos y algoritmos. Estrategias de emancipación cultural de Jaume Colomer (Ed. RGC i BissapLab, Buenos Aires), tuvimos la oportunidad de debatir sobre un tema que nos preocupa y nos interpela a ambos: ¿cuál es el impacto real de las tecnologías de recomendación algorítmica sobre la cultura, sobre sus públicos y, en última instancia, sobre la calidad del debate democrático?
El debate se nos quedó corto. Y la conversación ha continuado. Este artículo es un intento de compartir algunos de los hilos que hemos ido desgranando, y que dejamos escritos con el ánimo de contribuir a un debate que consideramos necesario.
No todos los algoritmos hacen lo mismo
El primer acuerdo al que llegamos es que hay que dejar de hablar de los algoritmos como si todos fueran la misma cosa. Existe una diferencia cualitativa enorme entre un algoritmo que te sugiere una serie en Netflix o te autocompleta un correo electrónico, y un algoritmo que decide qué información llegará a tus ojos sobre el mundo, la política o la realidad social.
Los primeros pueden ser útiles, neutros o incluso prescindibles. Los segundos afectan al sustrato mismo de la ciudadanía: la capacidad de formarse una opinión propia sobre el mundo. YouTube, TikTok, Twitter, Facebook —las plataformas que determinan qué discurso circula y cuál no— operan con lógicas de optimización que priorizan el compromiso emocional por encima de la veracidad o la pluralidad. Y lo hacen sin que la mayoría de sus usuarios sean conscientes de ello.
El problema no es la tecnología, sino la ausencia de control
Un segundo punto de consenso: el peligro no es intrínseco a la tecnología. El peligro es la falta de control sobre tecnologías con un enorme impacto social, en un momento en el que su velocidad de despliegue supera nuestra capacidad colectiva de comprender sus implicaciones.
Aquí hay que ser precisos. No estamos defendiendo una tecnofobia generalizada ni un freno indiscriminado a la innovación. Las capacidades actuales de la inteligencia artificial, por ejemplo, ya permiten transformaciones que podríamos aprovechar durante una década sin necesidad de ningún avance adicional. Lo que defendemos es que la regulación debe ser proporcional, discriminada e informada por el debate público. Y que el debate público, a su vez, necesita espacios donde producirse.
Cultura y educación: necesarias, pero no suficientes
Aquí es donde nuestras perspectivas empiezan a matizarse.
Jaume pone el acento en el rol de los espacios de práctica cultural como mecanismos de defensa colectiva: lugares donde se crean vínculos ciudadanos, donde se ejercita la reflexión compartida, donde se practica la democracia participativa en el sentido más amplio. Desde la tradición de la animación sociocultural, su apuesta es refundar estos espacios de proximidad —bibliotecas, centros cívicos, equipamientos locales— no como puntos de acceso al mercado cultural o al entretenimiento, sino como espacios de relación, diálogo, aprendizaje y emancipación colectiva. Los gestores culturales que tienen esa responsabilidad deben ser más dinamizadores y mediadores que gestores en sentido estricto.
Ferran comparte el valor de esta visión pero es escéptico sobre su capacidad de impacto a la escala que el reto requiere. La capacidad organizativa de los espacios culturales es, en términos cuantitativos, tremendamente limitada. Y la cultura o la educación, por sí solas, no garantizan resultados democráticos: líderes de movimientos autoritarios también provienen de tradiciones cultas y formadas.
El reto educativo de un mundo donde la inteligencia es un bien común
Hay un cambio de paradigma que ambos encontramos especialmente significativo: la inteligencia —entendida como la capacidad de procesar información, generar texto, analizar problemas o sintetizar conocimiento— se está convirtiendo rápidamente en una commodity accesible para todos.
Esto plantea una pregunta profunda sobre el sistema educativo: si hemos pasado décadas formando personas para que pudieran hacer lo que hoy hacen las máquinas, ¿cuál es ahora el valor que deben aportar? ¿Qué capacidades humanas hay que cultivar cuando la inteligencia computacional ya es ubicua? Seguramente los espacios educativos deben tener, como prioridad, acompañar a los alumnos a formar su sistema personal de valores y a desarrollar la capacidad de análisis crítico y de navegación en una sociedad compleja.
Dónde Europa puede jugar un papel
Un apunte final, que consideramos estratégicamente relevante: la soberanía tecnológica europea y la soberanía sobre los datos de los europeos.
Europa va tarde —quizás demasiado tarde— para competir en tecnología; nos encontramos lejos de las grandes potencias del momento, Estados Unidos y China. Europa sí es pionera en la regulación de los datos, y es en los datos donde reside el valor esencial; los algoritmos, para la inmensa mayoría de casos de uso, pueden sustituirse. La gobernanza de los datos —quién los genera, quién los controla y con qué derechos— es un ámbito donde la política pública puede tener un impacto rápido y real. Sin caer en dogmatismos ni en brindis al sol, reconociendo la fuerza que tenemos como unión política y como mercado, podemos contribuir a situar a la ciudadanía en el centro de la tecnología.
Para continuar el debate
Hemos tocado muchos hilos. Lo más honesto es reconocer que las preguntas que nos hacemos no admiten respuestas simples ni unilaterales.
¿Qué modelo de gestión cultural necesitamos para hacer frente a los retos que plantea la IA? ¿Cómo refundamos los espacios de proximidad cultural para que sean agentes activos de formación ciudadana? ¿Qué regulación es posible y efectiva, y quién debe liderarla? Y, en última instancia: ¿qué modelo de sociedad queremos construir, y cómo conseguimos que la tecnología esté a su servicio y no al revés?
Este artículo es también una invitación a continuar el debate.
Nota: Este texto ha sido elaborado a partir de la transcripción y ordenación del debate con ayuda de herramientas de IA (Fathom y Claude).


