Hagamos retrospectiva. Hace apenas 15 años gestionábamos nuestros teatros, auditorios o museos sin datos. El nuestro era un “negocio” con interés arqueológico. Pocos sectores podían presumir de hacer las cosas prácticamente de la misma forma desde su nacimiento allá por el s. XVI.
Cuando James Burbage construye The Theatre o Shakespeare participa en The Globe (finales del XVI), cuando se inauguran en Venecia los primeros teatros de ópera (inicios del XVII), ya nos encontramos un propietario de un local expresamente construido para su finalidad, entradas de pago y formas de abonos, compañías estables o arrendatario que asumen un riesgo, e incluso patrocinios en algunos casos.
El éxito o fracaso de una representación siempre fue algo incierto y de apariencia azarosa, con escasos asideros de seguridad en algunos nombres selectos. Programar, difundir con mayor o menor inversión en función de posibilidades y expectativas, que llegue el público y el boca oreja haga su trabajo, cerrar caja y celebrar o lamentarse de la mala suerte o matar al mensajero (el departamento de marketing que no hizo bien su trabajo).
Poco evolucionó ese marco de trabajo y modelo de negocio en más de 400 años.
Llegamos al nuevo milenio y con él llega la digitalización
Entre 2005 y 2010, de repente y sin esperarlo, aparecen herramientas que recogen muchos más datos y nos dan acceso a ellos de forma usable y sistemática (los sistemas de ticketing y las plataformas de email marketing, junto a los primeros modelos de Google Analytics).
Disponer de estos datos genera la necesidad de explotarlos, de convertirlos en información que, digerida, se transforme en conocimiento. Nacen consultoras especialistas como de hecho somos nosotros, teknecultura (2013).
¡Conocimiento! Por primera vez en más de 400 años podemos saber quien nos compra las entradas, si lo había hecho antes, como se llama, de donde viene. Podemos evaluar más allá de un resultado total. Podemos probar cosas nuevas, analizar sus resultados, aprender. Podemos empezar una nueva temporada sabiendo algo más que la anterior, mejor informados para tomar decisiones. El éxito sigue siendo difícil de capturar, sin duda, pero la angustia existencial de la gestión de la incerteza es más manejable.
Rápidamente emerge la necesidad de un uso de los datos intensivo y sistemático, rápido, que nos permita tomar decisiones en tiempo real y no al final de una temporada, aparecen las herramientas de BI que justamente hacen esto (nuestra solución teknedata ve la luz en 2016).
Con más datos y ganas de complicarnos la vida necesitamos herramientas que nos permitan usarlos de forma eficiente, entran en escena los CRM (el nuestro se estrena en el festival Temporada Alta de 2019 en su versión beta).
En estos años las fuentes de datos se han multiplicado, al ticketing se ha sumado Google Analytics, las redes sociales y las plataformas de publicidad digital. Desde hace no mucho es posible una visión integrada de todo ese ecosistema de datos relacionados entre sí.
Hemos ido sumando capas de información que enriquecen el dato en crudo, primero etiquetando manualmente y por humanos, dejando paso a algoritmos más eficientes con modelos de recomendación o de predicción de ventas.
Y, ahora, llega la Inteligencia Artificial
Llegamos a 2026 y el dato es central en la gestión moderna, no solo en cultura, pero también en cultura. Y, ahora, llega la Inteligencia Artificial. Herramientas capaces de encontrar información (patrones) donde antes era o imposible o muy costoso.
La IA generará soluciones de software más usables. Todos los softwares tienden a ser más conversacionales. Hablaremos con ellos como si habláramos con un asistente con el que discutir lo que tenemos que hacer para pasar luego a ordenar a otro asistente que lo haga siguiendo unas instrucciones.
Serán herramientas capaces de hacer por nosotros lo que el tiempo, el tedio o el desconocimiento nos impedía. Amplifican nuestras capacidades, en algunos aspectos de formas muy significativas. Hacer 80 emails diferentes para 80 segmentos diferentes será pronto una práctica habitual.
Los cambios de los próximos 2 a 5 años son difíciles de aventurar, pero no es muy osado imaginar que algunos de ellos nos parecerán asombrosos cuando los veamos por primera vez.
Ante todo esto, es lógico que las organizaciones cambien. El equipo que gestionaba The Globe en 1999 posiblemente se parezca más al que lo hacía en 1599 que al que lo hará en 2029.


